Lee Miqueas 2:6–11
Cuando un hijo adolescente quiso pedir prestado el auto familiar, primero se lo pidió a su padre. Pero cuando su papá dijo, “no”, inmediatamente fue y le preguntó a su mamá. Por supuesto, no mencionó que su padre ya había dicho “no”. Esperaba la respuesta que quería escuchar.
Miqueas estaba enfrentando algo similar en el capítulo 2: “¡No nos vengas con que el oprobio nos alcanzará!” (v. 6). Miqueas había entregado una palabra fiel del Señor a su audiencia. La destrucción se acercaba debido a su adoración a dioses falsos y al maltrato de los demás. Sin embargo, esto no era lo que querían escuchar, por lo que salieron corriendo, buscando una mejor fuente.
Miqueas, va directo al corazón del problema: “Si con la intención de mentirles, llega algún embustero y les dice: ‘Yo les anuncio vino y cerveza’, este pueblo lo verá como un profeta” (v. 11). Miqueas no decía lo que la gente quería escuchar sino la verdad.
La palabra de Miqueas para los opresores de Israel y Judá es fuerte, se acerca un juicio seguro. Ninguna cantidad de destreza teológica puede cambiar eso, y el predicador positivo que quiere el liderazgo no es más que un charlatán lleno de falsedades.
La respuesta de Miqueas puede parecer dura, pero también es reconfortante. A veces, nuestros hijos, o amigos, vienen a nosotros buscando a alguien que les diga “mentiras al aire”. Quieren que simpaticemos con su situación y digamos palabras amables que afirmen su comportamiento. Pero si le damos un giro positivo a algo que es claramente incorrecto, no es amoroso ni lo correcto. La verdad de Dios es imprescindible y necesaria, y entregarla es un acto de amor.
- Nosotros podemos ser así, prefiriendo a los que enseñan lo que queremos escuchar. Debemos tener cuidado de no depender de “mentiras al aire” que no son ciertas, incluso si nos hacen sentir mejor en el momento.
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