Lee 2 Samuel 11:6–27
La capacidad de ejercer el poder es un regalo de Dios. Dios ordenó a Adán y Eva que ejercieran poder sobre el mundo que Él había creado (Génesis 1:28–31). Sin embargo, debido a la pecaminosidad humana, nuestro ejercicio del poder es corrupto. En lugar de usar el poder para moldear el mundo de la manera que Dios quiere, lo usamos para promover nuestro propio interés. Como dijo el filósofo Edmund Burke: “Cuanto mayor es el poder, más peligroso es el abuso”.
Como rey, David tenía un poder increíble, pero abusó activamente de él. En el pasaje de hoy, fíjate en el uso repetido de la palabra “enviar”. David mandó llamar a Betsabé (vv. 3–4). Envió un mensaje a Joab (v. 6). Envió una carta con Urías (v. 14). Después de que mataron a Urías, David envió a traer a Betsabé a su casa (v. 27). David siguió adelante, actuando como si no fuera responsable ante nadie.
David quebrantó dos de los diez mandamientos al codiciar la esposa de otro hombre y cometer adulterio (Éxodo 20:14, 17), una ofensa capital en el antiguo Israel. Encubriendo lo que había hecho, David se involucró en el engaño y el asesinato (Éxodo 20:17).
Las acciones de David contrastan marcadamente con la lealtad de Urías. Cuando David envió a buscar a Urías, esperaba que regresara a su esposa y al lecho conyugal. Sin embargo, Urías se negó. Su control y sentido del deber sirvieron como una reprensión viviente a David (v. 11). ¿Quién hubiera pensado que el guerrero hitita mostraría más fidelidad a Dios y a sus hombres que el rey israelita?
El intento de David de encubrir su pecado culmina en asesinato (vv. 14–25). Podría parecer que David se ha salido con la suya con todo esto. Pero Dios vio: “Sin embargo, lo que David había hecho le desagradó al SEÑOR” (v. 27).
- Dios ve y sabe. No hay encubrimiento posible en lo que a Dios se refiere. Esta lectura debería ser un recordatorio solemne para examinar nuestros corazones y confesar nuestros pecados ante el Dios santo. Pasa tiempo en confesión hoy.
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