Lee Jeremías 20:7–18
El famoso artista Donatello completó una escultura de mármol de tamaño natural del profeta Jeremías en 1427. Si visitas el museo en Florencia, Italia, notarás que Jeremías se ve fatigado, incluso agotado. Su rostro sugiere una profunda tristeza y frustración, así como un indicio de confusión interior.
Después de leer el pasaje de hoy, podemos entender por qué el profeta de Dios estaría profundamente desanimado. Por un lado, recibía y predicaba regularmente mensajes del Señor. Estas palabras ardían en él como fuego, pero se sentía como un martillo tratando de romper rocas (v. 9; Jeremías 5:14; 23:29). ¡Nadie estaba escuchando! Peor aún, a pesar de un gran esfuerzo, su ministerio no estaba dando frutos aparentes. Anteriormente en el capítulo 20, un sacerdote llamado Pasur hizo azotar a Jeremías y lo puso en el cepo por su profecía en el capítulo 19.
Así que no nos sorprende que Jeremías se quejara (vv. 7–10): La palabra del Señor le había traído sólo “oprobio” y “burla”. En cierto sentido, Dios tenía la culpa del sufrimiento de Su profeta. No obstante, Jeremías se sintió obligado o incluso coaccionado a continuar proclamando la palabra del Señor. Su llamamiento fue abrumador, aunque sabía lo que le costaría (véase también Marcos 8:34–35).
A pesar de su desánimo, Jeremías expresó su confianza en que el Señor lo salvaría (Jeremías 20:11–13). El Señor es un “guerrero poderoso”. El profeta podía estar desanimado y cansado de la batalla, pero su fe no se había debilitado. Incluso llamó a sus oyentes a “¡Cantar [al] SEÑOR!” (v. 13).
Jeremías terminó sus reflexiones con una queja (vv. 14–18): “¡Maldito el día en que nací!” exclamó, expresando su angustia al saber que vería a Jerusalén y al templo arder en el juicio.
Lectura ampliada: Jeremías 19–20
- No hubo respuestas fáciles para la situación de Jeremías, pero hizo lo correcto al llevárselo al Señor en oración. Puede que tampoco haya respuestas fáciles para la situación que estás enfrentando, ¡pero recuerda que ningún problema es demasiado grande para Dios!
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