El viejo y el nuevo “yo”

El viejo y el nuevo “yo”

Lee 1 Pedro 1:13–16

Cuando nos preparamos para el gimnasio o para nuestro entrenamiento diario, nos ponemos la ropa (o los zapatos) adecuados para ello. Pedro usa un lenguaje similar para hablar sobre el camino espiritual. Como creyentes, necesitamos tener “la mente preparada” (v. 13 RVA-2015). Esto se puede traducir literalmente como “ceñir los lomos de su mente” (v. 13). En los días de Pedro, esto significaba levantar sus largas túnicas para prepararse para la acción.

Preparar nuestras mentes es el primero de varios mandatos destinados a ayudarnos a vivir nuestra vida espiritual. Pedro también nos dice que debemos poner nuestra esperanza en la gracia de Dios en Cristo, la cual se revelará plenamente cuando Él regrese (v. 13). Esta es la esperanza segura de la que hemos estado hablando, en la cual nuestra salvación futura (glorificación) es tan cierta como nuestra salvación pasada (justificación) y como nuestra salvación presente (santificación). Se da por hecho.

Además de preparar nuestra mente para la acción y poner nuestra esperanza en la gracia, también debemos ser santos en todo lo que hacemos (vv. 14–16). El versículo 16 cita de Levítico para recordarnos que Dios es el estándar, y Él es perfectamente santo. En nuestro pasado sin salvación, seguimos deseos ignorantes y malos. Cuando hemos nacido de nuevo, ya no podemos conformarnos con esta manera de pensar y actuar. Ser santo significa ser apartado. Nos hemos unido a una nueva familia que vive de manera completamente diferente. Sería totalmente inapropiado volver a nuestra antigua forma de vida. En cambio, ¡debemos buscar la justicia de todo corazón!

Estos tres mandatos están interconectados. Preparar nuestra mente para la acción incluye nuestro intelecto; la fe incluye pensamiento y reflexión serios. Poner nuestra esperanza en la gracia requiere nuestra imaginación porque estamos imaginando algo que aún no ha sucedido. Ser santo involucra nuestra voluntad y elecciones. La redención en Cristo transforma toda nuestra persona.

  • Te invitamos a tomarte un tiempo para reflexionar sobre tu viejo y nuevo “yo” (2 Corintios 5:17). ¿Qué ha cambiado? ¿Dónde estarías hoy sin Cristo?

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