Lee Oseas 12:7–10
En 1954, un desertor universitario tomó un trabajo en el área de correos en la empresa comercial Philipp Brothers. Durante los siguientes 19 años, Marc Rich subió de rango y finalmente lanzó su propia empresa de gran éxito. En 1982 su valor era de 200 millones de dólares. Pero sus prácticas deshonestas lo alcanzaron y una serie de cargos criminales llevaron a Rich a la lista de los más buscados del FBI.
Claramente, adquirir gran riqueza no garantiza una vida feliz. En el pasaje de hoy continuó el tema del engaño, pero con una audiencia más particular. Oseas llamó la atención a los comerciantes ricos israelitas, que manipularon sus balanzas para engañar a sus clientes. No solo trabajaban deshonestamente, sino que les gustaba hacerlo (v. 7). El acto de robar les produjo placer. Fue cómodo y familiar. Pero aun peor, estos mercaderes inmorales se jactaban de estar por encima de la ley. No vieron nada malo en sus acciones y confiaron en su fortuna para protegerlos.
Nota la jactancia orgullosa de Efraín: “En todas mis ganancias no encontrarán que haya pecado en algo” (v. 8). Esto se siente como un rechazo a Dios. Pero ciertamente el engaño no es rival para un Dios que ve lo que se hace en secreto. En los Salmos, Dios dice: “Jamás habitará bajo mi techo nadie que practique el engaño; jamás prevalecerá en mi presencia nadie que hable con falsedad” (Salmo 101:7). Hay un fuerte contraste entre la fanfarronería de los comerciantes (“Soy muy rico”) y la respuesta definitiva de Dios (“Yo soy el SEÑOR tu Dios”). Dios los puso en su lugar recordándoles de dónde vinieron: de Egipto, bajo Su dirección. Su castigo prometido, “Te haré vivir en tiendas de nuevo” (vv. 8–9) se siente como una versión antigua de “ve a tu habitación”. Dios les había estado advirtiendo durante mucho tiempo.
- El engaño puede incluso infiltrarse en la forma en que usamos nuestro dinero. Considera los cambios que Dios quisiera ver en tu relación con el dinero y la riqueza.
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