Soberanía y sacrificio

Soberanía y sacrificio

Lee 2 Samuel 24:1–25

La lectura de hoy concluye 2 de Samuel. En este extraordinario libro, hemos sido testigos del ascenso de David, su caída devastadora, su restauración a Dios y las consecuencias de su pecado. Este capítulo final enfatiza dos temas en este libro que al mismo tiempo brindan esperanza para el futuro.

Primero, se nos recuerda que Dios es soberano. Dios es quien escogió a David, lo empoderó y dirigió sus pasos. El gobierno soberano de Dios se ve en el primer versículo de este capítulo, “El SEÑOR incitó a David contra ellos” (v. 1). En un nivel, esto puede ser confuso. ¿Cómo podría Dios responsabilizar a David por el pecado que Él lo incitó a cometer?

Las Escrituras afirman tanto la soberanía de Dios como nuestra propia responsabilidad y libertad humana. No explica completamente cómo estos dos aspectos de la realidad se unen en última instancia, pero podemos estar seguros de que ambos son ciertos. La libertad humana nunca puede frustrar los planes de Dios. Sin embargo, la soberanía de Dios no hace que las acciones humanas sean insignificantes. El apóstol Pablo reflexionó sobre esta pregunta y concluyó: “¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos!” (Romanos 11:33).

Segundo, se nos enseña que debe haber expiación por el pecado. El acto final de David fue comprar el terreno que se usaría para construir el templo del Señor. El altar que construyó David fue una manera en que Dios proveyó para expiar el pecado a través del sacrificio (v. 21, 25). En este sitio, “el SEÑOR contestó la oración que hizo por de la tierra” (v. 25 NTV). Este sacrificio apunta hacia el sacrificio supremo de Jesús, quien expió nuestros pecados de una vez por todas (Hebreos 7:27).

  • Terminamos este libro viendo a David en plena comunión con Dios sobre la base del sacrificio expiatorio. Lo mismo es cierto para nosotros hoy. A pesar del pecado en nuestro pasado, podemos volvernos a Cristo, confiar en Su obra consumada en la cruz. A través de Él, podemos disfrutar de la comunión con Dios ahora y por la eternidad.

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