Puro e impuro

Puro e impuro

Lee Levítico 12:1–8

¿Has visto esos imanes de lavavajillas con dos palabras: “Limpio” y “Sucio”? Nos ayudan a saber cuándo podemos agregar platos sucios y cuándo es hora de guardar los platos limpios.

En Levítico, leemos muchas leyes sobre lo que se considera limpio o impuro. Estas categorías pueden parecernos extrañas hoy. Pero es importante darse cuenta de que la impureza no equivale necesariamente a la pecaminosidad. Muchos aspectos no pecaminosos de la vida podrían hacerte impuro.

Dar la bienvenida a un niño al mundo era uno de esos eventos. Una mujer era considerada ceremonialmente impura después de dar a luz (v. 1). No podía entrar al santuario ni participar en los deberes normales de la vida hasta que fuera purificada. No había nada pecaminoso en tener hijos. En las Escrituras se considera claramente una bendición (Salmos 127:3). Pero la pérdida de sangre en el parto dejaba a la mujer impura. Las cosas asociadas con la muerte, como perder fluidos corporales o tocar un cadáver, eran razones no morales por las que una persona podía quedar impura. Un beneficio práctico fue que le daba a la nueva madre tiempo para recuperarse del parto antes de volver a la vida normal.

Algunos pueden preguntarse por qué tener una niña dejaba impura a la madre por el doble de tiempo que un niño (vv. 1, 5). La longitud no tenía nada que ver con el valor percibido. Tanto el hombre como la mujer fueron creados a la imagen de Dios (Génesis 1:27). El sacrificio para ambos también fue el mismo (vv. 6–8). Algunos piensan que la longitud más corta del bebé varón podría ser para que la mujer pudiera participar en la ceremonia relacionada con la circuncisión (v. 3). Cuando nació Jesús, María y José obedecieron estas normas, incluyendo la de ofrecer un sacrificio (Lucas 2:22–24). Como familia pobre, ofrecieron tórtolas o pichones en lugar de un cordero.

  • Leer estas leyes puede hacer que te preguntes cómo alguien podría alcanzar la santidad. Pero sabemos que gracias a la muerte y resurrección de Jesús, somos limpios ante Dios (Juan 15:3).

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