Lee 1 Samuel 17
El primer pastor de las Escrituras, Abel, también fue la primera víctima de asesinato (ver Génesis 4). En los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, ser pastor era una ocupación común. Nos encontramos con Jacob, cuyos rebaños Dios bendijo grandemente (Génesis 31:4–9). Moisés estaba cuidando ovejas en Madián cuando Dios lo encontró en la zarza ardiente (Éxodo 3). Pero el pastor bíblico más famoso fue el rey David, quien cuidaba de los rebaños de su familia (Salmos 78:70–72).
Las habilidades que David aprendió mientras pastoreaba lo ayudaron a enfrentarse al gigante Goliat. Como el hijo menor, estaba encargado de cuidar las ovejas (v. 15) y hacer encargos. Cuando llegó al campamento del ejército israelita con pan y queso para sus hermanos, se sintió consternado al escuchar el desafío de desprecio de Goliat. El nombre de Dios estaba siendo empañado por los jactanciosos insultos del enemigo, así como por la cobardía y la falta de fe de los israelitas. Sin embargo, cuando preguntó acerca de la situación, su hermano Eliab se burló enojado de él como un pastorcillo irrelevante (v. 28).
No obstante, David se ofreció como voluntario para enfrentarse a Goliat. Le dijo al rey Saúl que, como pastor, tenía experiencia en proteger al rebaño de osos y leones (vv. 34–37). Su honda era un arma seria (ver Jueces 20:16). Las piedras que recogió del arroyo no eran las que se representan en las ilustraciones de la Escuela Dominical (v. 40). Cada piedra era del tamaño de una pelota de tenis y pesaba alrededor de 9 onzas. ¡Los usuarios expertos podían lanzarlas a velocidades de hasta 100-150 millas por hora!
Sin embargo, la fe de David no estaba en sus armas ni en sus habilidades, sino en Dios. “La batalla es del SEÑOR”, proclamó (vv. 45–47). Luego derribó al gigante y le cortó la cabeza con su propia espada. ¡Los israelitas se animaron, siguieron su ejemplo y ganaron la batalla!
- Enfrentar los problemas y desafíos con nuestras propias fuerzas es una receta para el desastre. Al igual que David, debemos enfrentar cualquier desafío que traiga cada día con el grito: “La batalla es del Señor”.
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