Mientras viva

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Lee Salmos 146

Una de las obras corales más conocidas en el mundo occidental es el Mesías de Handel. Al principio de su historia, se desarrolló una curiosa costumbre. El público se ponía de pie para el “Coro Aleluya”, cantado al final del segundo movimiento. La tradición popular sostiene que esta práctica se originó durante el estreno en Londres cuando el rey Jorge II se puso de pie durante esta canción, lo que exigió que todos los demás también lo hicieran.

Los Salmos 146–150 comienzan y terminan con la frase hebrea “Aleluya”, traducida como “Alabado sea el Señor”. Se podría decir que estos últimos cinco salmos son el “Coro Aleluya” del Salterio. En la lectura de hoy, los versículos 2 y 3 demuestran una verdad importante. Después de declarar “alabaré al SEÑOR toda mi vida”, el salmista advierte a Israel que “no pongan su confianza en gente poderosa”. Aquí hay un gran contraste entre confiar en Dios, el Rey de reyes, y confiar en los gobernantes terrenales.

Cuando alabamos a Dios, nos ayuda a centrarnos y recordarnos dónde está nuestra verdadera esperanza. Nuestra lealtad no es principalmente a las cosas de este mundo. Somos un pueblo, “cuya esperanza está en el SEÑOR su Dios” (v. 5).

En la segunda mitad del salmo, el salmista relata varios atributos de Dios como razones para alabarlo. Nos recuerda que Dios se preocupa profundamente por los oprimidos, los pobres, los presos, los ciegos, los huérfanos y las viudas (vv. 7–9). Esto no solo nos recuerda cuán compasivo es Dios, sino que también nos sirve como modelo a seguir. Si Dios se preocupa por estas personas vulnerables, nosotros también deberíamos. Alabar a Dios debe inspirarnos a actos de compasión y misericordia.

  • ¡Se nos ha dado un modelo de compasión y misericordia en Jesús! El Hijo de Dios y Mesías de Israel pasó gran parte de Su vida predicando buenas nuevas a los pobres, alimentando a los hambrientos, sanando a los enfermos y mostrando compasión por los humildes (Lucas 4:16–21). ¿Cómo podemos seguir Sus pasos?

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