Envíame a mí

Envíame a mí

Lee Isaías 6:1–13                      

La humildad podría no encabezar la lista de cualificaciones para un pastor, ¡pero debería! Como escribió David Mathis: “Pocas cosas envenenan a la iglesia y manchan su reputación en el mundo, como los pastores arrogantes”. Y el Apóstol Pablo incluyó la humildad en su lista a Tito: “No arrogante” (Tito 1:7).

En Isaías 6 encontramos el llamado específico del profeta al ministerio y su humilde respuesta. A Isaías se le dio una visión del Señor, sentado en Su trono. El borde de Su manto llenaba el templo. Los serafines que lo rodeaban cubrían sus rostros y sus pies con sus alas, y gritaban unos a otros: “Santo, santo, santo es el SEÑOR de los Ejércitos (v. 3).” El triple “santo” enfatizó el grado en que Dios fue apartado.

La absoluta perfección del Señor provocó la reacción de Isaías. Gritó: “¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros” (v. 5). Cuando se enfrentó a la perfección y majestad de Dios, la respuesta de Isaías fue la humildad. Sólo podía reconocer su propia pecaminosidad y la del pueblo. Luego, en la visión, uno de los serafines tocó los labios de Isaías con carbón encendido, un acto de limpieza y perdón (vv. 6–7).

Tras la purificación de Isaías, el Señor pronunció Su llamado: “¿A quién enviaré?” (v. 8). Isaías no sabía nada de la asignación real: no sabía el mensaje, la ubicación o la duración del llamado. No entendía las dificultades que enfrentaría. Sin embargo, a diferencia de Moisés y Samuel, Isaías no ofreció ninguna objeción ni expresó temor. Simplemente se ofreció a sí mismo. “Aquí estoy. ¡Envíame a mí!” (v. 8).

El profeta tenía una tarea difícil por delante. Los corazones de los israelitas se endurecerían. Sin embargo, quedaría un remanente. A lo largo de todas las generaciones, Dios preservó un remanente fiel de Su pueblo.

  • Como Isaías, no somos dignos. No debemos volvernos orgullosos o autosuficientes en nuestro llamado. Aprendamos la importancia de la confesión y la limpieza. Que nosotros también adoptemos esta hermosa postura de obediencia voluntaria.

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