Ciego de nacimiento

Ciego de nacimiento

Lee Juan 9:1–41

Cuando era niño, le tenía miedo a mi tía. No porque fuera mala, ella era muy buena, sino porque nació ciega y no podía mirarme directamente. Sin embargo, parecía siempre saber donde estaba yo en la habitación. Me preguntaba ¿cómo podía hacer eso?

En Juan 9, los discípulos de Jesús hicieron una pregunta acerca de un ciego de nacimiento. Su pregunta era teológicamente más compleja que la pregunta infantil que había hecho sobre mi tía. “Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?” (v. 2).

Los discípulos creían que un pecado específico tenía que estar directamente asociado con la condición del hombre. Por eso querían saber, ¿quién había pecado y cuándo? Jesús rechazó esa premisa al afirmar: “Ni éste pecó, ni sus padres” (v. 3 LBLA). La condición de este hombre no fue el resultado de algo que sus padres hicieran antes de que él naciera. Tampoco fue por algo que este hombre hizo mientras estaba en el vientre de su madre.

Este hombre nació ciego para que las obra de Dios se manifiesten en él (v. 3). Entonces Jesús hizo un milagro. Hizo barro con Su saliva y lo colocó en los ojos del hombre. Cuando el hombre obedeció a Jesús y se lavó los ojos en el estanque de Siloé, pudo ver (vv. 6–7). Jesús usó la condición de este hombre para mostrar a todos que Él es la luz del mundo (v. 5). Los fariseos resistieron tanto la curación como el mensaje de Jesús. A esto, el hombre que podía ver respondió: “¡Allí está lo sorprendente! Que ustedes no sepan de dónde salió y que a mí me haya abierto los ojos” (v. 30).

  • Es sólo por la obra de Jesucristo que se nos da la vista espiritual para ver a Jesús por lo que Él es, la Luz del Mundo. En otro tiempo éramos ciegos, pero ahora vemos (v. 25). Demos gracias a Dios por abrir nuestros ojos espirituales.

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