En los equipos de fútbol americano hay un jugador que se ve bastante diferente a los demás. Solo cuando llega el momento de hacer un gol de campo, este jugador corre hacia el campo. Si bien el pateador puede usar el mismo uniforme que un liniero defensivo, generalmente es más pequeño en altura y peso. Su trabajo no es defender la línea, sino patear con éxito una pelota entre los marcadores de meta. Cada jugador del equipo tiene una habilidad y responsabilidad única que es crucial para el éxito del equipo.
En 1 Corintios 12, Pablo explica cómo la diversidad dentro del cuerpo de Cristo nos une. Todo creyente merece un asiento en la mesa de Dios. Desafortunadamente, no somos inmunes a ser tentados por el orgullo y un sentido de superioridad sobre los demás. Pero Pablo argumenta en contra de esta actitud divisiva, insistiendo en que todos son importantes y necesarios (v. 21–23b). Ya que Dios ve en todos un valor sin medida (v. 24), nosotros también deberíamos hacerlo. Aunque las personas pueden ser diferentes a nosotros, su valor va mucho más allá de su apariencia exterior o su historia.
Luego, Pablo se vuelve extremadamente práctico y claro: “[que] no haya división en el cuerpo”, y todos deben preocuparse “por igual unos por otros” (v. 25). En otras palabras, los creyentes deben cuidarse unos a otros como parte del mismo cuerpo. Cada parte está conectada, tanto en los buenos como en los malos tiempos (v. 26). Como dice Pablo en Romanos 12:15: “Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran” (LBLA). Viviendo juntos, en la alegría y en el dolor, nos unimos unos a otros. Este es el deseo de Pablo para la iglesia de Corinto, y también debería ser el deseo para tu iglesia.
- Ayuda a unificar tu iglesia asegurándote de que todos tengan la oportunidad de ser escuchados y un lugar en la mesa. Mientras se reúnen, busca a los que normalmente no toman un papel activo. ¡Hazles saber que son valorados!
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