Jesús contó una parábola sobre un hombre que iba de viaje. Le dio a su sirviente cinco bolsas de oro y el hombre se puso a trabajar, ganando cinco más para un total de diez. A otro sirviente se le dieron dos bolsas de oro y aumentó su total a cuatro. Pero el tercero no hizo más que esconder su bolsa. Cuando el hombre regresó, se la quitaron y se la dieron al primer siervo (Mateo 25:14–30).
Jesús usó esta historia para enseñar un principio del reino: la sabiduría, la justicia y la fidelidad multiplican el “rendimiento de la inversión”, mientras que la necedad y la maldad dejan a uno en bancarrota espiritual (Mateo 25:29). Esto significa que la sabiduría puede crecer. Una persona sabia no está “comenzando desde el principio” en cada nueva situación de la vida. Más bien, el aprendizaje se convierte en un hábito que acumula más y más sabiduría (Proverbios 9:9).
En la lectura de hoy, la sabiduría se describe como un anfitrión acogedor (vv. 1–2). Ella prepara su casa, prepara la comida y pone la mesa. Los “siete pilares” de la casa son un símbolo tradicional de perfección. La sabiduría invita a “el que sea simple”, en el sentido de “simplón”, persona ingenua o necia, “al falto de entendimiento” (vv. 3–6). Debería animarnos que la sabiduría no sólo invita a los aprendices “dotados” o “merecedores”, sino también a nosotros, simples insensatos. No es necesario que nos quedemos así. El crecimiento y la transformación son posibles. Solo di “sí” y ven a la mesa.
¿Cómo y por qué debemos responder a esta invitación? La mayoría responderá de acuerdo con sus elecciones anteriores (vv. 7–8). Si tememos al Señor y buscamos la justicia, responderemos al llamado de la sabiduría (v. 9–10). La lección aquí está en marcado contraste con la lectura de ayer: si descuidas o rechazas la sabiduría, no estará disponible. Cuando buscamos el conocimiento y la sabiduría piadosa, los beneficios se multiplican (vv. 11–12).
- La versión del Nuevo Testamento de la invitación a la sabiduría es sencilla y nos guía sobre cómo aumentar nuestra parte: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará” (Santiago 1:5).
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