Lee 1 Pedro 2:4–8
Es difícil pensar en un mundo donde no haya piedras. El Teólogo venezolano Julio Ruiz nos dice acerca de esto: “Pedro, quien estaba muy familiarizado con el concepto de la piedra, pues el Señor mismo le dijo que su nombre Pedro significaba “pequeña piedra”, habló de Jesús como la principal piedra y nosotros como las ‘piedras vivas’ que edifican la casa”.
La metáfora de “piedras vivas” proviene de la lectura de hoy, que a su vez se basa en varios pasajes del Antiguo Testamento (Salmos 118:22; Isaías 8:14; 28:16). Quizás Pedro también estaba recordando la parábola de Jesús de las casas construidas sobre cimientos de arena versus roca (Mateo 7:24–27).
Como “piedras vivas”, somos los materiales de construcción, pero la piedra angular es Jesucristo, la “piedra viva” misma (v. 4). Fue “rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa ante Dios”. Lo pusimos en una cruz, pero finalmente este era el plan soberano de Dios, como predicó Pedro en el Día de Pentecostés (Hechos 2:22–24). Cristo, la piedra angular, la clave para construir la casa (v. 6) y para todo el plan de salvación de Dios. Para los que se niegan a creer, Cristo es piedra de tropiezo (vv. 7–8). Tropiezan con Él, una elección con graves consecuencias. Los que rechazan a Cristo y desobedecen el evangelio están destinados al castigo eterno.
En cambio, para Dios Padre y, por tanto, para los creyentes, Cristo es la piedra “escogida” y “preciosa” (vv. 4, 6, 7). “El que confíe en él jamás será avergonzado” (v. 5 NTV), lo que significa que Él es digno de nuestra confianza. Nuestra fe en Él está absolutamente segura en Él. Nuestro servicio como sacerdocio santo es ofrecerle “sacrificios vivos y santos”, es decir, nosotros mismos (Romanos 12:1–2). Al hacerlo, no solo estamos confiando y obedeciendo, sino también creciendo, siendo edificados en un hogar hecho por Dios.
- Para profundizar, te animamos a leer o estudiar otros pasajes de las Escrituras acerca de Cristo, la piedra angular, incluida la parábola de los labradores (Marcos 12:1–12) y el sermón de Pedro ante el Sanedrín (Hechos 4:1–12).
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