Buenas y malas noticias

Buenas y malas noticias

Lee Romanos 3:21–31 Cuando alguien va a transmitir un mensaje difícil, a veces preguntará: ¿Qué quieres primero, las buenas o las malas noticias? La palabra evangelio proviene de una palabra griega que significa buenas noticias. Era un término técnico para un mensaje de victoria. Pero Pablo primero da lo que algunos podrían considerar malas noticias.             Pablo explica que todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios (v. 23). No importa si eres judío o gentil, religioso o incrédulo. Todos somos pecadores sin excusa. Hay mucho más en esto que simplemente reconocer que no alcanzamos a Dios. No solo le desobedecimos, sino que con el acto pecaminoso de Adán, la humanidad cambió radicalmente. El pecado afecta todos los aspectos de nuestro ser y carácter humano. Ninguna parte de nuestra naturaleza queda sin ser dañada por el pecado.             Por muy malas que sean esas noticias, la universalidad del pecado abre la puerta a las buenas noticias. Dado que todos hemos pecado, todos podemos experimentar la redención, que por gracia, se ofrece a través de Jesucristo (v. 24). Dios puede extender ese regalo sin comprometer su estándar de justicia porque “Dios lo ofreció (a Cristo) como un sacrificio de expiación” (v. 25).             Expiación es la misma palabra que se usa en la traducción griega del Antiguo Testamento para referirse al propiciatorio, la cubierta de oro del arca del pacto, donde se rociaba la sangre de la ofrenda por el pecado (Levítico 16:14). Esa figura del lenguaje indica que la muerte de Jesús fue una propiciación o sacrificio satisfactorio por el pecado. Al enviar a Jesús a morir por nosotros, el Padre pudo ofrecer la gracia del perdón gratuitamente sin comprometer Su justicia. Pudo ser “el justo” y “el que justifica” (vindica o declara justo) al mismo tiempo (v. 26). La mala noticia es que nuestra pecaminosidad implica que no tenemos razón para jactarnos de ser buenos ante Dios. La buena noticia es que podemos recibir justicia a través de Jesucristo. Su sacrificio por nosotros no anula la ley de Dios, la afirma. Solo Jesús puede reconciliarte con Dios.

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