La razón científica para confiar en la Biblia se basa en que su explicación del origen del universo es más lógica y coherente que la idea de un accidente impersonal. La Biblia enseña que Dios es eterno, que no tuvo comienzo (Éxodo 3:14: “Yo Soy”), y que Él creó el tiempo, la materia y el espacio. Esto armoniza con el principio científico de que todo efecto tiene una causa: si el universo tuvo un inicio, entonces necesita una causa mayor que él. La mayoría de los científicos aceptan hoy que el universo tuvo un comienzo, y eso coincide con la afirmación de Génesis 1:1: “Dios creó”, no la materia por sí misma. En ese sentido, el ateo también ejerce fe: atribuye el origen a un “accidente”, mientras que el cristiano reconoce una Causa eterna y superior. Por eso, cuando se estudia correctamente, la ciencia no contradice la Biblia, sino que refleja las obras del Dios que la creó.
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