Raquel: Atrapado, no enseñado

Raquel: Atrapado, no enseñado

Lee Génesis 31

Mi papá era un hombre tranquilo. Su parálisis cerebral le dificultaba el habla. En consecuencia, la mayor parte de lo que aprendí de él lo aprendí a través de la observación. Absorbí algunas de sus fortalezas y algunas de sus debilidades. De él aprendí tenacidad y timidez, disciplina y el evadir—ninguna de las cuales me enseñó abiertamente. El carácter de un padre influye en sus hijos.

En Génesis 31, los hijos de Labán se sintieron resentidos por la fortuna de Jacob. La tensión entre los hogares aumentó tanto que Jacob contempló mudarse. Sin embargo, la tensión relacional no fue la única motivación. Dios le dijo a Jacob que regresara a la tierra de sus padres (v. 3). Jacob les dijo a Raquel y Lea otra frustración. Labán lo había engañado repetidamente (v. 7). Solo a través de la gracia de Dios había prosperado Jacob. Raquel y Lea respondieron con sus propias quejas. El dote que Labán debería haber ahorrado para ellas ya no existía. “Pero haz ahora todo lo que Dios te ha ordenado”, dijeron (v. 16).

Entonces, Raquel robó los dioses de Labán y la familia huyó. Cuando Labán los persiguió y los atrapó, Dios le dijo: “¡Cuidado con amenazar a Jacob!” (v. 24). Haciendo caso omiso de la advertencia de Dios, Labán lanzó una acusación cuádruple contra Jacob, incluida una pregunta sobre los dioses robados. Cuando se le preguntó, Raquel mintió, diciendo que no podía ponerse de pie porque era “esa” época del mes (v. 35). A su vez, Jacob relató sus propios veinte años de maltrato por parte de Labán.

Los hombres finalmente hicieron una tregua llamada Mizpa (v. 49). Aunque suena como una bendición amistosa, “Que el SEÑOR nos vigile cuando ya estemos lejos el uno del otro” (v. 49), originalmente fue una advertencia y una declaración de desconfianza.

  • ¿No es preocupante cómo el engaño, la desconfianza y la manipulación se extendieron por toda esta familia elegida de Dios? Transmitimos a nuestros hijos nuestros buenos y malos rasgos—sin siquiera intentarlo. En última instancia, nuestros hijos aprenden mucho más de cómo nos ven vivir que de cualquier “lección” que pueda pasar por nuestros labios.

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