PENSAR ANTES DE HABLAR

PENSAR ANTES DE HABLAR

Lee Eclesiastés 5:1–7

¿Alguna vez te han detenido por exceso de velocidad y has orado: “¡Señor! Nunca volveré a acelerar si permites que el oficial no me multe. La mayoría de nosotros no consideramos ese tipo de oración como una promesa, pero eso es exactamente lo que es.

Si bien la Biblia no prohíbe las promesas, sí deja claro que están llenas de peligros: “no te apresures, ni con la boca ni con el corazón, a hacer promesas delante de Dios” (Eclesiastés 5:2). Números 30 describe las reglas para hacer promesas, la cuestión clave es que cuando uno hace una promesa al Señor “no deberá faltar a su palabra, sino que cumplirá con todo lo prometido” (Números 30:2). Dios no exige que le haga una promesa, pero sí espera el cumplimiento de ellas. “Es mejor no hacer promesas que hacerlas y no cumplirlas. No permitas que tu boca te haga pecar” (vv. 5–6). La ley mosaica consideraba pecado las promesas imprudentes o necias y preveía para ellas (Levítico 5:4–5; véase también Números 30:6–8). Dios toma en serio nuestras palabras.

En Eclesiastés, el Maestro ofrece un sabio consejo: “Mide pues tus palabras”. Cuando hablamos con Dios y con los demás, debemos reconocer la santidad de Dios: “él está en el cielo y tú estás en la tierra. Mide, pues, tus palabras” (v. 2). En el Padrenuestro, Jesús enseñó a Sus discípulos y a nosotros a usar palabras sencillas que reconocieran quién es Dios, le pidieran sus necesidades y confiaran en que Él las supliría (Mateo 6:9–13). En lugar de acumular palabras para impresionar a nuestros amigos o convencer a Dios de que nos ayude, Jesús dijo que debemos acercarnos a Dios con humildad y fe (Mateo 6:6). Dios escucha nuestras palabras. Aun así, Él ya sabe lo que necesitamos, por lo que no debemos hacer promesas vacías en un intento orgulloso de negociar con el Creador del universo.

  • ¿Alguna vez le has hecho una promesa a Dios? ¿Por qué crees que Dios toma tan en serio nuestras palabras?

Ora con nosotros

Padre, gracias por las valiosas lecciones de vida que nos estás enseñando en el libro de Eclesiastés. Una de las más difíciles: cómo usar nuestras palabras sabiamente y ser personas de pocas palabras. Ayúdanos, Señor, a glorificarte con todo lo que decimos.

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