María: Un gran dolor

María: Un gran dolor

Lee Lucas 2:41–52 

Cuando los niños llegan a la adolescencia, sienten una creciente necesidad de afirmar su autonomía. A medida que avanzan hacia la independencia, sus madres se aferran a la cercanía y, a veces, la relación madre–hijo cambia. Nuestro hijo tiene catorce años, así que estamos en medio de esto.

En la época de Jesús, la expectativa cultural era que, a la edad de trece años, los niños judíos serían considerados “adultos”, oficialmente responsables de sus acciones. Para prepararse para esta ocasión trascendental, recibían instrucción intensa durante su duodécimo año. Jesús pudo haber estado en medio de tal entrenamiento en el momento del pasaje de hoy.

Cuando la familia de Jesús viajó a Jerusalén para la Pascua. Ese año, cuando María y José emprendieron el viaje de regreso a Nazaret, Jesús se quedó en el templo. Pasó un día entero antes de que descubrieran su ausencia.

Imagínate la conmoción y la preocupación que sintieron sus padres. Regresaron a Jerusalén y buscaron por todas partes a su hijo. Tres días después, lo encontraron en el templo, escuchando atentamente a los maestros y haciendo preguntas. Su comprensión excepcional de la ley fue evidente para todos, pero María no quedó impresionada. Inmediatamente desató su ansiedad, calificando Sus acciones como una afrenta personal (“¿Por qué te has portado así con nosotros?”). Ella dijo que habían estado “buscando angustiados”, revelando su profundo dolor y angustia mental (v. 48). Sus comentarios no parecerán inusuales para ningún padre que haya experimentado el trauma de buscar a un niño.

Jesús respondió con la audacia de un niño de doce años. Articuló una comprensión creciente de Su propia identidad y misión (v. 49). Se acercaba el momento en que Él saldría por Su cuenta para hacer la obra que Dios le había encomendado. María añadió estos acontecimientos a los otros que atesoraba en su corazón.

  • Este pasaje tocará la fibra sensible de todos los padres, maestros y mentores a medida que capacitamos a la próxima generación. Debemos hacer nuestra parte en criarlos para que amen y conozcan a Dios, luego los entregamos a Dios, confiándolos a Su cuidado y servicio.

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