La piedra de tropiezo divina

La piedra de tropiezo divina

Lee Romanos 9:1–33

En algún momento, todos los padres han escuchado a sus hijos decir la frase: “Déjame hacerlo por mí mismo”. La determinación de hacer algo por nosotros mismos es una etapa necesaria en nuestro desarrollo humano. Pero en el ámbito espiritual, esa actitud puede ser algo problemática. Aquellos que se oponían al evangelio de la gracia, que Pablo predicaba, querían reemplazarlo con un evangelio donde la salvación dependía del esfuerzo humano. También objetaban la afirmación del apóstol de que Dios había aceptado a los gentiles a través de Cristo, sin exigirles que observaran a cabalidad la ley de Moisés.

            Este mensaje de gracia fue una piedra de tropiezo para los judíos que no podían entender cómo Dios podía aceptar a los gentiles que no observaban la ley de Moisés, algo que ellos habían debido hacer por generaciones. La respuesta de Pablo fue doble. Primero, señaló que la palabra del Dios a Israel no había fracasado (v. 6). El rechazo de Jesús como su Mesías era evidencia de que “no todos los que descienden de Israel son Israel” (v. 6). Dios no nos acepta por nuestra herencia religiosa, familia o grupo étnico. En última instancia, podemos rastrear nuestra aceptación por parte de Dios hasta llegar a Dios mismo. Le pertenecemos a Él porque Él nos ha mostrado misericordia (v. 14).

            Pablo nos compara con una masa de arcilla blanda que responde al toque maestro del alfarero. Dios nos moldea y dice lo que debemos hacer (vv. 19-21). El texto deja en claro que Dios es la fuente suprema de salvación. Él es su actor y ejecutor principal. Aquellos que tratan de salvarse a sí mismos tropiezan inevitablemente con el hecho de que Dios acepta la fe de aquellos que “no buscaban la justicia” (v. 30). La única forma que tienen de ser salvo es alejarse de sus propios esfuerzos y confiar exclusivamente en Jesucristo.

  • ¿Estás cansado de “hacerlo todo por ti mismo”? Solo hay un camino viable hacia la justicia divina. Es el camino de la misericordia que Dios muestra en Jesucristo. Deja de esforzarte en tus propios logros y pon tu fe en Jesús. El que cree en Él, nunca será defraudado (v. 33).

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