El fin de la ley

El fin de la ley

Lee Romanos 10:1–21

Cuando era niño, la mayoría de la gente vestía “ropa de domingo” para asistir a los servicios religiosos. Los hombres vestían traje y corbatas, y las mujeres vestidos modestos. Hoy en día, la mayoría de la gente se viste de manera mucho más casual para la iglesia. Para algunos más conservadores, cambios como estos pueden ser difíciles de aceptar, especialmente cuando la tradición se vuelve parte integral de la identidad de nuestra congregación. Imagínate cómo fue para los judíos, cuyas vidas habían sido moldeadas por generaciones por la ley mosaica, escuchar a Pablo decir que los gentiles podían ser salvos sin cumplir la ley.

            La pregunta subyacente de gran parte de la carta a los romanos se pudiera resumir con la pregunta: “¿Qué pasó con la ley?” En cierto modo, la respuesta de Pablo es “Nada”. Dios dio la ley, pero nunca tuvo la intención de que la ley fuera una forma de ganar la salvación y llegar a Dios. Aquellos que esperaban establecer su posición justa ante Dios al guardar la ley de Moisés, entendieron mal el mensaje divino. Eran celosos de Dios, pero su celo no estaba basaba ​​en el conocimiento (v. 2). En lugar de someterse a la justicia de Dios por gracia, intentaron establecer su propio mérito (v. 3).

            Jesucristo “es el fin” de la ley (v. 4). La palabra griega que la NVI traduce como “fin” tiene el sentido de culminación, destino o meta. El objetivo de la ley era mostrar nuestra necesidad del regalo de la justicia que viene por medio de Cristo. No importa cuánto lo intentemos, no podemos seguir perfectamente la Ley de Dios. Para aquellos que entienden esto, la justicia de Cristo es el fin de todos los intentos de ganar el favor divino mediante el esfuerzo humano. Por eso el evangelio no es un método de salvación. Es el mensaje de salvación. Los que oyen y creen son salvos (vv. 13-15).

  • Mucha gente siente que no es lo suficientemente buena para que Dios los acepte. Intentan limpiar sus vidas lo más que puedan o cambiar su comportamiento lo más decentemente posible antes de acercarse a Dios. El texto de hoy muestra justamente lo contrario. Nadie puede estar a la altura de Dios. Por la gracia que te ofrece en Jesucristo, te invita a que vengas a Él tal como eres. ¡El evangelio es para ti!

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