¡Aví­vanos, Señor!

¡Aví­vanos, Señor!

Lee Salmos 80

En la parábola del Hijo pródigo, el hijo descarriado reconoce su pecado y vuelve en sí diciendo: “Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo; trátame como si fuera uno de los jornaleros” (Lucas 15:18–19). Es un discurso apasionado, dado desde un lugar de desesperación.

El salmo 80 es una especie de “salmo del Hijo pródigo”. La nación de Israel clama a Dios después de una crisis. Si bien no confiesan directamente el pecado, reconocen que su difícil situación se debe al juicio de Dios. Le recuerdan a Dios: “Por comida, les has dado pan de lágrimas; por bebida, lágrimas en abundancia” (v. 5).

El salmista describe a la nación de Israel como una viña que Dios ha plantado y atendido cuidadosamente (vv. 8–11). Pero ahora Dios ha derribado sus muros: “Los jabalíes del bosque la destruyen, los animales salvajes la devoran” (v. 13). Lo que Dios ha construido, ahora lo ha destruido. El pueblo se lamenta: “Tu vid es derribada, quemada por el fuego; a tu reprensión perece tu pueblo” (v. 16).

El salmista le ruega a Dios que recuerde que Él es el “Pastor de Israel” (v. 1). Tres veces le pide a Dios: “Restáuranos, oh Dios Todopoderoso; haz resplandecer tu rostro sobre nosotros y sálvanos” (vv. 3, 7, 19). La gente sabe que su única esperanza es que Dios traiga arrepentimiento y restauración. Oran: “Reavívanos, e invocaremos tu nombre” (v. 18). Si bien esta oración tiene sus raíces en relación del pacto de Israel con Dios, nosotros también podemos hacer eco de este clamor. (v. 18).

  • Cuando nos alejamos del Señor, podemos orar este salmo como una súplica por la restauración. Las iglesias pueden usarlo como una confesión colectiva. Esta oración tiene sus raíces en la esperanza de Jesús, el Hijo del Hombre que hace posible nuestra restauración (v. 17).

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