VIVE EN AMOR

VIVE EN AMOR

Lee 1 Juan 4:7–21

Quizás el mayor anhelo del corazón humano sea ser amado: ser apreciado, cuidado y admirado. Al reflexionar este mes sobre las muchas maneras en que expresamos nuestro amor por Dios, hoy nos centramos en la verdad fundamental de que Él nos amó primero.

El amor es un tema central en el libro de 1 Juan. Es una carta pastoral, escrita por el apóstol Juan a las iglesias bajo su liderazgo. Su cariño hacia ellos es evidente ya que muchas veces los llama “amados”. Estos creyentes son amados por Juan. También por Dios.

En realidad, el pasaje de hoy comienza con una exhortación a los destinatarios a amarse unos a otros: el segundo mandamiento más importante. Los comentaristas creen que algún conflicto importante estaba desgarrando a la iglesia, y Juan estaba escribiendo para abordar esto. De ahí su repetido llamado a que se amen unos a otros.

Pero Juan no espera que ellos produzcan este amor con sus propias fuerzas. En cambio, les dice que su amor se origina en Dios mismo, que es amor. Juan no describe que Dios es “amoroso”. Dios no solo hace cosas amorosas. Él es amor. El amor es la esencia de Su ser, la característica que lo define.

Luego, Juan respalda esa verdad con la evidencia más convincente. Dios “mostró” Su amor magnifico cuando envió a Jesús al mundo. La palabra griega para “mostrar” (RVA) significa revelar con claridad y detalle. La prueba clara, detallada y principal del amor de Dios por nosotros es Jesús: el “sacrificio expiatorio por nuestros pecados” (v. 10). Jesús es la muestra de amor más extravagante de Dios.

El segundo ejemplo que presenta Juan del amor de Dios es el Espíritu Santo (v. 13). El tercero es nuestra confianza eterna (v. 17) y nuestra capacidad de vivir sin miedo (v. 18).

“Amamos porque él nos amó primero” (v. 19). Podemos amarlo y amar a los demás sólo gracias a Él.

  • ¿Cómo sabes que Dios te ama? ¿Cómo te permite Su amor amar a otros?

Ora con nosotros

“Oh amor que no me dejarás ir, en ti descanso mi alma agobiada. Te devuelvo la vida que debo, para que en las profundidades de tu océano su flujo sea más rico, más profundos”. (George Matheson, 1882)

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