Lee Isaías 64:1–12
La historia del hijo pródigo es posiblemente la parábola más conocida de Jesús. Después de desperdiciar su herencia, el hijo menor de la parábola regresa a casa avergonzado y confiesa: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo” (Lucas 15:21). Aunque el pródigo se sintió indigno de ser llamado hijo, no se avergonzó de decir “Padre”.
En Isaías 64, el pueblo de Dios admite que sus oraciones no merecen ser escuchadas. Aun así, recuerdan la forma en que Dios ha librado a su pueblo en el pasado: “Sales al encuentro de los que, alegres, practican la justicia y recuerdan tus caminos. Pero te enojas si persistimos en desviarnos de ellos. ¿Cómo podremos ser salvos?” (v. 5) La injusticia o la maldad significa más que hacer cosas malas. No es sólo una o muchas cosas que hacemos, es una condición. La presencia del pecado contamina incluso nuestras mejores acciones. En consecuencia, el versículo 6 se lamenta, “Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Todos nos marchitamos como hojas; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento”.
Si somos malos, ¿cómo podemos orar? ¿Merecemos ser escuchados por un Dios santo? De acuerdo con los versículos 8–9, debemos acercarnos a Dios como nuestro Padre: “A pesar de todo, Señor, Tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro, y Tú el alfarero. Todos somos obra de Tu mano. No Te enojes demasiado, Señor; no Te acuerdes siempre de nuestras iniquidades. ¡Considera, por favor, que todos somos Tu pueblo!”. Ten en cuenta que esta apelación se basa en una relación, no en el desempeño. Dios perdona porque nos ama, no porque nos lo hayamos ganado.
- ¿Te preocupas por las cosas que has hecho? ¿Te preguntas cómo responderá Dios si te vuelves a Él? La parábola de Jesús proporciona la respuesta: “Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él” (Lucas 15:20).
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