Lee Romanos 1:18–32 Uno de los sermones más famosos de Jonathan Edwards, pastor y teólogo del siglo XVIII, se tituló “Pecadores en manos de la ira de Dios”. Como es de imaginar, el sermón causó una fuerte impresión en los oyentes. Algunos, convencidos de su pecado, gritaron de temor. Otros lloraron de gozo por su salvación. Hoy en día, casi no escuchamos acerca de la ira de Dios. Sin embargo, las palabras de Pablo dejan en claro que la ira divina es muy real. El apóstol explica las bases de ese enojo y la forma en que se expresa. La ira de Dios se muestra porque la humanidad oculta lo que Dios ha revelado sobre sí mismo. Cada persona es responsable ante tales evidencias de lo divino porque “Dios se lo ha revelado” (v. 19). Sin embargo, Dios no expresa su ira alzándose en una rabia emocional, haciendo que caiga rayos sobre los malvados. Al contrario, Dios permite que la humanidad pecadora siga su camino (v. 24). En otras palabras, cuando el pecado entró en el mundo a través de Adán, produjo un torbellino descendente, un vórtice de desobediencia y distorsión de la verdad. El lenguaje que la Biblia usa para referirse a la ira divina nos recuerda lo que es estar en una relación de oposición contra Dios. Todos sabemos cómo se siente ser el blanco del disgusto de alguien y experimentar el rechazo de la enemistad. El énfasis, en este caso, no es el estado emocional de Dios sino en nuestra posición antagónica. El pecado nos convierte en enemigos de Dios. Él se opone a nosotros porque nosotros nos oponemos a Él. La injusticia siempre nos pone contra los propósitos de Dios para que no podamos estar en armonía con Él. ¿Alguna vez has considerado que lo peor que te podría pasar es que Dios te permita salirte con la tuya? C. S. Lewis observó: “Al final, sólo hay dos clases de personas: las que le dicen a Dios: ‘Hágase tu voluntad’, y aquellas a quienes Dios dice, al final, ‘Hágase tu voluntad’”.
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