Camino a Emaús

Camino a Emaús

Lee Lucas 24:13–35

Un domingo por la mañana, dos seguidores de Cristo caminaban el viaje de 11 kilómetros desde Jerusalén hasta su hogar en Emaús. Sus mentes, sin duda, todavía estaban tambaleándose por el giro de los acontecimientos que terminaron con Jesús crucificado.

De repente, Jesús se unió a ellos, pero el verbo pasivo (“sus ojos estaban velados”, v. 16) sugiere que Dios les impidió reconocerlo. Este amistoso “extraño” preguntó a los hombres sobre su discusión. La palabra griega syzentein sugería que estaban teniendo un debate.

Su pregunta los sorprendió. ¿Cómo no sabía lo que había sucedido en Jerusalén? Cuando Jesús indagó más, irónicamente le contaron lo que había sucedido (¡como si no lo supiera!). Contaron los eventos de la semana: el juicio y la crucifixión. Y confesaron su esperanza de que Jesús redimiría a Israel.

Pero eso no fue todo. Hablaron también de las mujeres, del sepulcro vacío y de los ángeles, que decían que estaba vivo. Sin embargo, nadie lo había visto. Jesús los reprendió, llamándolos necios y tardos de corazón. Deberían haber creído a los profetas. “¿No tenía que (dei) sufrir el Mesías?” (v. 26 BLP). Esa palabra volvió a indicar el plan de liberación de Dios desde hace mucho tiempo. Su esperanza no se había desvanecido; más bien, se había satisfecho.

Jesús Se quedó con ellos. En la mesa, dio gracias y partió el pan, recordando la Cena del Señor. Y mientras pasaban tiempo con Jesús, se les abrieron los ojos. Tal cuando lo reconocieron, desapareció.

Su tristeza se convirtió en alegría y tuvieron que compartir la noticia de inmediato. Aunque era tarde, volvieron a Jerusalén y encontraron a los once. Las mujeres estaban contando que Jesús se había aparecido a Simón. Luego, los dos testigos compartieron su historia.

La evidencia estaba aumentaba. Jesús no estaba muerto. ¡Él había resucitado en verdad!   

  •  ¡El Evangelio es una buena noticia! Así como aquellos que vieron a Jesús tuvieron que correr y contárselo a otros, así también nosotros tenemos la alegría de compartir sobre el milagro de la resurrección. ¡Servimos a un Salvador viviente! Hablemos de Él a todos los que conocemos.

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